¿Cómo se gestiona el malestar social?

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Un día vino a la universidad el artista Enric Mauri. Explicó a mis alumnos su trabajo; otros artistas han pasado por nuestras aulas (Núria Güell, Francesc Torres, Ignasi Aballí, Nuera Ancarola, Caterina Almirante, Antònia del Río, Gonzalo Elvira, Enric Farrés… no los puedo mencionar todos) y la experiencia siempre ha sido increíble. Explicar el arte y la cultura sólo desde la comodidad del laboratorio teórico es una de las grandes deficiencias de nuestra envejecida universidad.

En un momento de aquella clase, una buena alumna le pregunta por una instalación que Enric tiene en casa suya, un espacio mental, y el artista dice que, con el paso de los años, aquel espacio sólo ha tenido un visitante. Y la clase sonríe. Y, entonces, Enric Mauri dice una frase que me parece un monumento, una epifanía: ‘Tenéis que pensar que, en la inmensidad del mundo, que se acerque a mi taller, a mi espacio, una persona, cien o mil personas es exactamente la misma cosa.’

¿Por qué la sociedad no se rebela contra el establishment?

Estamos tan acostumbrados que los políticos y muchos periodistas hablen de cantidades, de cifras, de industrias aplicadas al mundo de la cultura que empezamos a olvidar que la vida del arte (de la creación) no puede someterse a rankings. Basta que enaltecemos autores del pasado que vivieron en el más grande de los ostracismos y ahora, en cambio, exigimos rendimiento económico inmediato a la cultura. La otra noche, en la entrega de los premios Gaudí, esta imitación borde del poder industrial de los Estados Unidos, un señor de la organización se atrevió a difamar Albert Serra porque el cineasta gerundense vive al margen de la industria y sabe que las grandes audiencias suelen acabar en la alienación.

Tenemos un problema: nos pensamos que todavía vivimos en la era de las vacas gordas, del imperio del ladrillo, que también fue cultural. Todos aquellos que vivían en el espejismo del estado del bienestar no se han dado cuenta que somos en un nuevo paradigma: hemos pasado a encontrarnos en plena sociedad del malestar. Sí, el estar mal en todas las direcciones que uno quiera: la precariedad masificada, las desigualdades sobrecogedoras, la violencia de género, la sumisión a las industrias (farmacéuticas, publicitarias, de armamentos…), el mal vivir de las personas grandes, el regreso a la subyugación de las religiones, la vulneración del mínimo respecto a la voluntad popular, el terrorismo de estado, entre muchos más síntomas.

La cultura del bienestar

Ya era penoso ver que la respuesta de una parte de la creación ante el estado del bienestar era la comodidad, el decorativisme, el entretenimiento que nos bebe el entendimiento, el aprovecharse del dinero público para vender humo glamurós. Ahora, las artes tienen que plantearse qué respuesta dan en el estado del malestar, al mal en que la mayoría de la sociedad mundial vive, o sobrevive. Si el artista sólo busca los grandes impactos mediáticos, entretener y pasar por la vida como un decorador, vale más que plegamos. Si un sector cultural río cuando se insulta un creador outsider como Albert Serra, toca tomarse seriamente la acción directa en contra de la insensatez.

Sobre todas estas cosas gira un libro imprescindible: Politizaciones del malestar, que Rayo Verde ha editado en catalán y en castellano. Es un libro imprescindible por varias razones: porque demuestra que hay editoriales pequeñas que se arriesgan a publicar libros aparentemente minoritarios; porque hay unos profesionales (Nuera Ancarola, Daniel Gasol y Laia Manonelles, los impulsores de la propuesta) que apuestan para hacer proyectos comunales, integradores, para pensar y hacer pensar sobre el papel de la cultura en momentos difíciles como los que arrastramos; porque es un libro donde encuentras voces que vienen de campos muy diversificados (la creación, la crítica, la antropología, la sociología) para diagnosticar daños colectivos y no quejas sectoriales. Pero la razón primordial que hace de este libro un ejercicio intelectual tan interesante es que te invita a pensar, pero no aporta soluciones celestiales.

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